MI TIO
Todavía no he quedado con ella. Lo haré mañana. Y seguramente no surjan las mismas palabras, contadas de la misma forma ni con el mismo ímpetu; suele pasar con cada entrevista previa: yo anoto sus expresiones y cómo definen lo que han vivido. Te lo cuentan con una naturalidad impagable, muchas veces difícil de conseguir cuando no hay un teléfono de por medio sino una cámara. "Cuando quieras, estoy grabando"; y entonces tú preguntas, a veces, "nombre y cargo" -aunque sepas la respuesta de antemano-.
Ella me ha pedido que la grabemos de tal forma que no se la reconozca. Pero su "cargo" lo contaré: madre de un joven con trastorno de personalidad límite que ha pasado diez años a la sombra. De los 22 a los 32; salió el pasado julio. En diez años ha viajado de una prisión a otra: Granollers, La Modelo, Navalcarnero... Y de una medicación a otra: la del psiquiatra de Granollers, la de La Modelo, la de Navalcarnero... Han sido diez años sin reducción de pena, conviviendo con todo tipo de presos y probando los tratamientos varios de cada enfermería; en una estuvo tres largos inviernos.
En una década sólo tuvo cinco días de permiso penitenciario, pero cada semana su familia salía de Madrid rumbo a la cárcel para poder visitarle y saber un poco de él, a través de la única puerta que estaba medio abierta. Les han demasiados portazos, y uno tras otro: la justicia, la psiquiatría y la incomprensión social.
De los seis hijos que tuvo, uno de ellos sufre una enfermedad crónica. Ingresó en prisión con un 30 por ciento de discapacidad y ahora está ya en el 70. Ella lo achaca a la cantidad de gilipollas con los que se han topado en el camino. Como Rosa, la que le dejó leer el informe médico a su segundo hijo, el mismo que había intentado suicidarse dos veces estando preso. Un descuido, dijo, pero él leyó entonces lo que le había "ocultado" la familia: que uno de sus hermanos había muerto mientras estaba entre rejas.
Y ella me cuenta todo esto, por teléfono, como si fuese una amiga con la que hace tiempo que no habla. Sin una lágrima.
Y yo la escucho, y tomo notas, mientras sus palabras me van haciendo mella. Su voz no sólo rescatará del silencio cientos de historias tapadas, anónimas, sino que también hablará por mí... y por ti.
Ella me ha pedido que la grabemos de tal forma que no se la reconozca. Pero su "cargo" lo contaré: madre de un joven con trastorno de personalidad límite que ha pasado diez años a la sombra. De los 22 a los 32; salió el pasado julio. En diez años ha viajado de una prisión a otra: Granollers, La Modelo, Navalcarnero... Y de una medicación a otra: la del psiquiatra de Granollers, la de La Modelo, la de Navalcarnero... Han sido diez años sin reducción de pena, conviviendo con todo tipo de presos y probando los tratamientos varios de cada enfermería; en una estuvo tres largos inviernos.
En una década sólo tuvo cinco días de permiso penitenciario, pero cada semana su familia salía de Madrid rumbo a la cárcel para poder visitarle y saber un poco de él, a través de la única puerta que estaba medio abierta. Les han demasiados portazos, y uno tras otro: la justicia, la psiquiatría y la incomprensión social.
De los seis hijos que tuvo, uno de ellos sufre una enfermedad crónica. Ingresó en prisión con un 30 por ciento de discapacidad y ahora está ya en el 70. Ella lo achaca a la cantidad de gilipollas con los que se han topado en el camino. Como Rosa, la que le dejó leer el informe médico a su segundo hijo, el mismo que había intentado suicidarse dos veces estando preso. Un descuido, dijo, pero él leyó entonces lo que le había "ocultado" la familia: que uno de sus hermanos había muerto mientras estaba entre rejas.
Y ella me cuenta todo esto, por teléfono, como si fuese una amiga con la que hace tiempo que no habla. Sin una lágrima.
Y yo la escucho, y tomo notas, mientras sus palabras me van haciendo mella. Su voz no sólo rescatará del silencio cientos de historias tapadas, anónimas, sino que también hablará por mí... y por ti.
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