Soy de esas madres. De las que te estrujan, de las que te preguntan qué piensas o creen saberlo todo o lo saben de manera indiscutible, intuitiva, poderosa; de las regañonas, de esas que utilizan frases hechas que ya escucharon a su madre y ésta antes a la suya. Te enseño, te rectifico, te reconduzco, te adoro, te dejo despegarte y te vuelvo a buscar. Te miro y pienso que nada fue igual desde que llegaste y nada sería igual si no estuvieses. Ni mis días, ni los suyos, ni los nuestros. Yo decidí que estuvieras aquí, me empeñé, prácticamente hice que te fabricasen para mí. No fue el azar, ni un descuido, ni algo fortuito, tampoco me bastó con intentarlo un mes y otro mes, con coordinar las horas, los momentos, las posturas... Nada parecía suficiente y nada lo fue. Soy de esas madres. De las que te sueñan, de las que te anhelan confiando en que un día llegarás y de las que antes que a ti ya quisieron a otros minúsculos seres, que también brillaban en el ecógrafo cuando otras manos los colocaban ahí y que igualmente fueron una chispita de esperanza en la negritud del útero, tremendamente frágiles todos para la carga emocional que arrastráis. Y a todos os intenté cuidar, os hablé y mimé en una letanía solitaria e interna, casi esquizofrénica. Yo soy de ésas. De las que creen que no aguantarán una vez más, que no podrán hipotecarlo todo de nuevo a una ilusión sin garantías, temerosa de que en realidad se convierta en una obsesión, un vacío insaciable, una ausencia que sentir de por vida y para la que nadie tiene la respuesta, por ahora. Y, sólo por eso, sé que en el fondo volveré a asumir el reto, me recompondré y echaré un pulso al tiempo, a las ganas, a las lágrimas que encauzo para que empapen más por dentro que por fuera. Después de todo, una decide, o no; elige seguir, o no; pierde o renuncia por cuenta propia, igual que apechuga con su envidia a lo ajeno, que puede ser mucha o poca, según, pero nunca inexistente. Y eso también hay que afrontarlo, como el oculto deseo de que ese agujero sin nueva vida no termine por engullir el resto de la mía. Porque ahora al menos soy una de esas madres que duran quince días de espera; todavía no soy una de ésas que nunca serán.

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