volviendo
Para septiembre siempre saco mi particular coleccionable: el de todas las cosas que podría ponerme a hacer, y nunca hago. O empecé y nunca terminé. Cada año lo compro y ahí se queda, encartonado con su plástico sin quitar. Y este año, no sé por qué, no ha sido así: no he pisado el kiosko y no me he echado a soñar con imposibles, simplemente he vuelto de vacaciones. Allí sí soñé, eso no cambia. Tumbada al sol, torpedeada por la arena que levantó durante tres días el viento de Levante, soñé con un año sabático. Por fin vería todo: las dunas de Marruecos las subiría en furgoneta, dormiría en moteles de carretera desde Maine hasta a Arizona, y la uña del meñique la bañaría en el Ganges. Lo leería todo, salvo deshonrosas excepciones; y probaría de nuevo con la tinta: el placer de buscar palabras y el deleite de pintar... Y quizás, de vez en cuando, podría dedicarme a desaparecer por días y por horas, incluso, sabiendo que no habría descuidado a nadie. Porque, cuando vuelvo de tumbarme al sol y me tumbo cansada en el sofá invernal, pienso en que me encantaría tener también más tiempo para escuchar, reír o estar. Porque sé que me he perdido mucho, de muchos, y no quiero perderme más.
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