leer y escribir
De pequeñas nos leía cuentos por la noche a Ra y a mí. Yo le pedía una y otra vez el de "Pedro y el lobo". A él y a mi abuela. A ella además la incluyeron en los guiness: cienes de veces leído "Los 7 cabritos y el lobo". Y un día llegué y le dije: "papá, me he terminado el cómic del Tío Gilito", y le conté sus 53 viñetas con sus bocadillos respectivos. Cuando tenía 9 años la Telefónica le trasladó a Burgos, y cada noche se arropaba con cinco mantas aún durmiendo pegado al fogón; y te lo contaba así porque era 'el manchego más andaluz', o así al menos nos hacía entender mi madre lo exageraos que eran los andaluces... y mi padre. Y fue en una de esas idas y venidas Madrid-Burgos cuando me compró en un stand giratorio de gasolinera "Las fábulas de Samaniego", de las que de vez en cuando aún me vienen versos a la memoria.
Yo sólo recuerdo que estaba en la habitación cuando me llegó con uno de los mejores títulos de la historia de la literatura. El libro es bueno, de Julio Verne, pero el título es grandioso... "Las tribulaciones de un chino en China"; en una edición preciosa encuadernada en rojo.
Él solía ser el primero en leer mis cuentos, y mis trabajos, y mis artículos. Era poco conformista: o me sacaba 'peros', o añadidos posibles, o tiraba por la tangente... para terminar con un "eres muy perfeccionista".
Quiso ser periodista, y hasta me reclamó las notas en Selectividad pensando que no entraría en la carrera (me subieron 6 décimas). Menudo era él: escribía quejas y reclamaciones como nadie. Las letras siempre en mayúscula porque sino era complicado descifrar lo escrito. Tengo todos los cuadernos en los que escribió sus tristezas -las de un año, las últimas-, que con el pasar de los días iban en letras más grandes y deslabazadas. Lo último que me escribió fue un sms; me lo imagino con las gafas casi en la punta de la nariz y el móvil estirado para leer de lejos. Es del 20 de febrero de 2006.
Este fin de semana pensaba en lo que le hubiese gustado venirse con nosotras tres a la sierra. Fijo que se habría remangando los pantalones y habría acabado con la ropa manchada de sentarse entre piñones y en cualquier parte del monte, sin miramientos. Y nos habría contado chistes e historias de Las Pedroñeras. Y nos habría abrazado diciendo "ay, mis niñas, qué viejo me haceis". Y nos habría llevado un bocata de tortilla de patatas o de atún con pimientos rojos que estarían muy buenos "porque sino estarían en la cama".
Podría crear-recrear todas las conversaciones que no existieron este fin de semana a raíz de todas las que sí fueron. Algunas las he ido transcribiendo de mi memoria al papel en un libro rojo que compré para él. Sólo que, por mucho que entrelace unas frases suyas con otras, ya sólo podré inventar sobre el pasado. Lo nuevo nunca será realmente suyo.
Yo sólo recuerdo que estaba en la habitación cuando me llegó con uno de los mejores títulos de la historia de la literatura. El libro es bueno, de Julio Verne, pero el título es grandioso... "Las tribulaciones de un chino en China"; en una edición preciosa encuadernada en rojo.
Él solía ser el primero en leer mis cuentos, y mis trabajos, y mis artículos. Era poco conformista: o me sacaba 'peros', o añadidos posibles, o tiraba por la tangente... para terminar con un "eres muy perfeccionista".
Quiso ser periodista, y hasta me reclamó las notas en Selectividad pensando que no entraría en la carrera (me subieron 6 décimas). Menudo era él: escribía quejas y reclamaciones como nadie. Las letras siempre en mayúscula porque sino era complicado descifrar lo escrito. Tengo todos los cuadernos en los que escribió sus tristezas -las de un año, las últimas-, que con el pasar de los días iban en letras más grandes y deslabazadas. Lo último que me escribió fue un sms; me lo imagino con las gafas casi en la punta de la nariz y el móvil estirado para leer de lejos. Es del 20 de febrero de 2006.
Este fin de semana pensaba en lo que le hubiese gustado venirse con nosotras tres a la sierra. Fijo que se habría remangando los pantalones y habría acabado con la ropa manchada de sentarse entre piñones y en cualquier parte del monte, sin miramientos. Y nos habría contado chistes e historias de Las Pedroñeras. Y nos habría abrazado diciendo "ay, mis niñas, qué viejo me haceis". Y nos habría llevado un bocata de tortilla de patatas o de atún con pimientos rojos que estarían muy buenos "porque sino estarían en la cama".
Podría crear-recrear todas las conversaciones que no existieron este fin de semana a raíz de todas las que sí fueron. Algunas las he ido transcribiendo de mi memoria al papel en un libro rojo que compré para él. Sólo que, por mucho que entrelace unas frases suyas con otras, ya sólo podré inventar sobre el pasado. Lo nuevo nunca será realmente suyo.
Comentarios
Fueran o no necesarias esas seis décimas en Selectividad, muchos debemos agradecer ese esfuerzo para que no te hayas dedicado a otra cosa.
Un abrazo grande.
marieta
Ra
Todo lo demás ya lo sabes...
tx